martes, 14 de octubre de 2014
Si pudiera verte...
Si pudiera verte a diario, por ejemplo, en la escuela...
Ya me habría enamorado de ti. Estoy segura.
¿Por qué? Porque hay mucha información que se filtra
Únicamente a través de los ojos.
La manera en la que te he conocido ha sido
Solo a través de las líneas que me has escrito.
He tenido que confiar en tus palabras
Para conocerte, en realidad:
Y eres tú el que elige las cosas
Que quieres que yo sepa de ti...
Si te tuviera frente a mí...
Mis ojos elegirían todo aquello
Que quisiera saber de ti,
Aquella información que quizá tú
Nunca serías capaz de revelarme.
Serían las cosas más pequeñas:
Tu forma de reír,
Tus razones para reír;
Tus tics cuando estás molesto,
Cuando estás triste, o frustrado;
La manera en que parpadeas,
O la forma en que miras;
Tu forma de caminar
(Siempre he caminado a tu lado,
Y cuando tú vas frente a mí
Me apena mirarte y estudiarte,
Y que me sorprendas así).
Quisiera poder tener más tiempo para verte:
Para ver tus manos,
La forma de tus uñas,
El color de tus venas debajo de tu piel,
Y las líneas que forman...
Tomar fotografías de cada detalle,
Cada insignificancia que los demás
(los que sí te ven a diario)
Pasan por alto.
Pero lo que más quisiera poder hacer
Es observarte mientras lees:
Verte en otro mundo,
Secreto, escondido, indefenso...
Así podría verte sin descanso.
Quisiera poder verte
Sin que supieras que estoy ahí,
Sin que intentaras mostrarme nada,
Nada en especial de ti.
Así lo vería todo,
Todo lo que quiero saber de ti.
Si tan solo pudiera verte...
Ya me habría enamorado de ti.
Estoy segura.
jueves, 10 de julio de 2014
Gatito nocturno (¿Ya qué?)
Poema de inspiración contraída a las 3 de la mañana (y todo lo que eso implica).

Ven, ven, gatito,
Gatito nocturno...
Nocturnos tus ojos,
Ojos deliciosos,
Delicioso tú.
La luz de luna,
Luna que no duerme,
Duerme en tu lomo,
En tu lomo pardo.
Parda la noche.
Sobre el tejado,
Tejado que abriga,
Abriga a la gente,
Gente que sí duerme,
Duerme temprano.
¡Oh, ven, gatito nocturno de ojos deliciosos
A la luz de luna que duerme en tu lomo pardo!
Sobre el tejado, abriga a la gente que duerme...
Tú eres la noche. Ven a la luz sobre el tejado.
jueves, 29 de mayo de 2014
Un amor de verdad
Este es en realidad, algo viejito...
Un amor de verdad no se busca. Pero se halla.
Al verdadero amor no se le huye, no se corre despavorido ante sus señales de vida;
a un amor verdadero no se le mata, no se le hiere, no se le escapa.
Cuando un amor es real, no podemos huirle, porque nos atrae;
no podemos permanecer escépticos ante su llegada, porque nos salpica la magia:
brota desde esa sensación de mariposas en el estómago
cada vez que se ve a la persona que hemos elegido como objeto de nuestro amor,
cuando se le habla o se le escucha mencionar.
Al amor de verdad no se le persigue, porque se acerca por sí solo, de a poco...
Un amor de verdad no llega por voluntad de uno:
viene por dos que se hacen uno solo.
Así nace, así vive, así crece...
Al amor no se le mata, no se le hiere, no se le escapa.
Un amor no se sueña, no se imagina, no se idealiza,
porque el amor es así: te sorprende, te marea,
te mata de sueño, de hambre y de risa...
El amor de verdad es tan cambiante como lo es nuestra alma,
pero tan permanente como se le haga durar.
El amor embellece al que ama... El que ama no cambia a su amado,
es el amor el que lo hace cambiar...
El amor no dura tres meses, tres años ni tres siglos:
el amor nunca deja de ser. Cuando el amor es verdadero, el tiempo es pasajero.
Un amor de verdad es lo que llena el espacio que queda vacío en nuestro corazón
al despojarnos del orgullo, amarguras, enojos, envidias, hipocresías, egoísmos...
Un corazón limpio y maduro es cuna del verdadero amor.
Al amor no se le mata, no se le hiere, no se le escapa.
La vida se vuelve un sendero de corazones transeúntes, aguardando encontrarse con el amor.
El amor se vuelve a escapar en el aire, esperando encontrar la ocasión.
Un amor de verdad no se busca. Pero se halla.
Al verdadero amor no se le huye, no se corre despavorido ante sus señales de vida;
a un amor verdadero no se le mata, no se le hiere, no se le escapa.
Cuando un amor es real, no podemos huirle, porque nos atrae;
no podemos permanecer escépticos ante su llegada, porque nos salpica la magia:
brota desde esa sensación de mariposas en el estómago
cada vez que se ve a la persona que hemos elegido como objeto de nuestro amor,
cuando se le habla o se le escucha mencionar.
Al amor de verdad no se le persigue, porque se acerca por sí solo, de a poco...
Un amor de verdad no llega por voluntad de uno:
viene por dos que se hacen uno solo.
Así nace, así vive, así crece...
Al amor no se le mata, no se le hiere, no se le escapa.
Un amor no se sueña, no se imagina, no se idealiza,
porque el amor es así: te sorprende, te marea,
te mata de sueño, de hambre y de risa...
El amor de verdad es tan cambiante como lo es nuestra alma,
pero tan permanente como se le haga durar.
El amor embellece al que ama... El que ama no cambia a su amado,
es el amor el que lo hace cambiar...
El amor no dura tres meses, tres años ni tres siglos:
el amor nunca deja de ser. Cuando el amor es verdadero, el tiempo es pasajero.
Un amor de verdad es lo que llena el espacio que queda vacío en nuestro corazón
al despojarnos del orgullo, amarguras, enojos, envidias, hipocresías, egoísmos...
Un corazón limpio y maduro es cuna del verdadero amor.
Al amor no se le mata, no se le hiere, no se le escapa.
La vida se vuelve un sendero de corazones transeúntes, aguardando encontrarse con el amor.
El amor se vuelve a escapar en el aire, esperando encontrar la ocasión.
Los crueles, los débiles y los soldados
Hay personas a las que es imposible amar. Se quedarán como un recuerdo de un anhelo insatisfecho; en los más tiranos, como un reto que no pudo cumplirse; pero en los más débiles, el recuerdo de esa persona que jamás se dejó amar, quedará como un permanente vacío, como una derrota con nombre y apellido, como un fantasma que rondará a todos aquellos seres con los que se quiera enmendar el vacío, pero en su interior, esos débiles seres saben que jamás se llenará el hueco que dejó.
En su interior, los débiles saben que andarán por la vida, o más bien, vagarán, buscando una persona en la que puedan cumplir la tarea que les dictaba el alma: amar a alguien imposible de amar. Los débiles buscarán el rechazo de otros, lo abrazarán y se aferrarán a él, para mantener vivo el recuerdo de aquel que no se dejó amar, y mientras más crezca el repudio hacia su persona, irónicamente, más cerca se sentirán de saldar esa deuda. Los débiles se acostumbrarán a conformarse con el ladrillo envuelto en terciopelo; los débiles creerán que una vida así: sacrificada, conformista emocionalmente, es todo a lo que pueden aspirar. Los débiles añorarán los maltratos brindados por aquella cruel persona, porque los débiles creen que la crueldad proviene de la enfermedad del alma, y ellos creen que pueden curarla. Pero no pueden.
Mientras más se aferra el débil a la idea de que podrá superar algún día al cruel, más se ata con él. Nunca podrá. Porque es débil.
Las personas fuertes, en cambio, no ignoran la realidad: hubo alguien que no los quiso, que rechazó su amor, aún cuando sabían que lo necesitaban para salvarse a sí mismos; los fuertes saben que el error jamás estuvo ni en sí mismos ni en los crueles: no hubo error, solo una mala experiencia, pero nadie se equivocó al conocer al otro, debían hacerlo: el uno necesitaba conocer que existía el otro.
¿Superarlo? Cuando el corazón manda querer a una persona, es una orden que la mente jamás podrá desobedecer, por más artimañas y argucias que engendre, jamás podrá esquivar la orden de amar. No se puede superar a esas personas, porque forman parte de la vida, porque se quedarán para siempre ahí, en un rincón de la memoria, aunque algún afortunado día se les llegara a olvidar.
¿Entonces? Aceptar el hecho: detener la lucha por amar a quien no se deja, detener la sangre y el fuego cruzado. Se miden los gastos de la guerra, se analiza el panorama, y se divisa un nuevo blanco, no para atacar, sino para conquistar.
Cuando se empieza una guerra no se sabe en realidad el resultado final: aún cuando se confíe mucho en la propia capacidad: todo puede pasar. Los vientos pueden ser contrarios, las inclemencias del tiempo pueden arrasar con todo un ejército sin siquiera haber encarado al enemigo. Se lucha con la esperanza de poder ganar, sabiendo que se puede perder. Aunque se sufra una derrota, se adquiere experiencia en el combate, experiencia que se suma a la ganada en la anterior batalla; y ¿sabes? al final de cuentas, no es exitoso el que ganó más luchas, sino el que se hizo mejor soldado.
La plomada no mide las batallas, mide al soldado.
lunes, 24 de febrero de 2014
Un poema muy terrenal
Cursi hasta empalagar; falta editar.
-Yo quiero escribirte en las nubes.
-Y yo quiero cantarte en los mares.
-Comencé buscando tinta para el aire;
usé mis acuarelas en el celeste lienzo,
pero el llanto de las nubes al mar llevó mi esfuerzo...
-Yo recogí cada lágrima pintada
por tu bello arte; convertilas en poesía,
en música danzante.
Envié en las olas mi sonora carta...
Acabose evaporando,
llegando al cielo, capturando tu aire.
- Tu canto a suspiros atrapé como haces;
juntándolo con pinceles podía pintar más arte.
Comencé escribiendo versos;
acabé pintando tus mares.
Sucedió que yendo lejos
los impetuosos vientos
quebrantaron las ilusas nubes;
tan lejos de mí, nada pude yo haber hecho.
- Yo lo supe, los mares me dijeron;
atendiendo a su murmullo
el arroyo me contó el secreto.
¡No suspires, niña mía,
si no ha de ser por alguna de mis sinfonías!
Te quiero de cerca;
te quiero de lejos...
¡Te quiero a gotas,
a océanos enteros!
Ve al riachuelo, búscame en la orilla,
que un mensaje he dejado,
a ver si lo adivinas...
- Yo corrí hacia donde el aire me llevaba,
no podía exhalar mi propio aliento...
cuando una de mis nubes se bajó del cielo,
pero acercándome, ya no pude verlo.
Inmediatamente escalé en el viento.
Maquillando una gorda nube
la elegí mi mensajera
para hacerte llegar la nueva
de que la niebla me impedía la duda entera.
- Es momento de grabar con alto estilo
la marea tan impertinente,
que si ella no te envía mi corazón y mente,
estaremos en más grande lío.
- Hazlo ahora, que la brisa duerme.
- Pues ahora veo de qué trata
cantar con agua un amor tan niño;
no es cosa de fortuna, ni de plata,
se trata de ser paciente.
Ahora el agua duerme,
ahora se vuelca sobre la gente;
mal hice en hacerla mi confidente.
- ¡Y qué decir del viento
que acarrea nubes!
Ora se acelera, ora se apacigua;
no es confiable el que jamás previene.
Queriendo amarrar las nubes en un puño,
construyendo con ellas un beso puro
no lo pude confiar al aire;
tampoco quise retenerlo para siempre.
- Envíalo en breve,
que yo necesito probar tu río;
anda, que yo soy paciente
mas mi corazón pende de un hilo.
- Yo deseo, niño mío,
saberte dueño inteligente
de aquella nube de suspiro,
de aquel beso impaciente.
Si ni por agua ni por viento
ocurre encuentro tan casual,
vayamos luego al desierto
aunque no encuentres ahí tu mar.
- Eso es imposible, niña celeste:
acudir con presteza a aquel lugar,
si ello conlleva mi muerte...
¡no me exijas tal crueldad!
Mas un beso subterráneo
podría sernos más agradable:
si tú abandonas tu aire
yo te invito vengas a los mares.
- Es casi inapropiado invitarme a tal lugar...
Si es arriba donde existo,
por debajo no me puedo ocultar.
- ¿Oh, tan amargo es el amor?
Por un momento te entretiene
tejiendo notas en el mar,
mas después la pena viene
cuando dejas de oír el compás.
- ¡Si el viento arrastrara el desenfado
que mi alma siente a su pesar
dichosa podría haber al fin acabado
esta historia sin final!
¡Yo quiero escribirte en las nubes!
- Y yo desearía cantarte en los mares...
- Si sufrimos tan osado castigo
por dar mayor esperanza a este amor,
hagamos de su triunfo un vacío,
y llamemos al vacío Amor.
- ¡Confundamos ahora los vientos;
juguemos ásperamente con los oleajes!
Si acaso alguien quiere reprendernos,
burlémonos sin voz: quedémonos en silencio.
Marquemos un nuevo comienzo,
cercándonos en un valle;
limitemos el amor a un cuerpo
aunque el alma flote por el aire...
aunque el corazón se ahogue en canciones...
y escurra la dulzura del río
que desemboque en los brazos del arte.
- Comencé por gritar mi amor a los vientos;
acabé por callarlo por dentro.
- Comencé encarrerando ternura en un riachuelo;
acabé por detenerlo con el mismo fuego.
Si fuésemos más terrenales...
sin duda nuestra ruina no sería tan grande.
- Nuestros pasos veloces
correrían hacia el otro,
y en un abrazo, o una mirada
derramarían los astros y todas las naves
testigos del amor que se fue cultivando de a poco...
Cada día, ya fuera bajo el cielo o sobre él,
bajo el agua o flotando en las olas,
cada noche con un soplo de aire
o con murmullo marino
se compondría un dibujo cantante.
- Entonces el beso sería el final del inicio;
después comenzaría el real beneficio...
La confusión se vestiría de luto;
del vacío nacería la razón:
la razón de quererte, de buscarte,
la razón de encontrarte.
- Es así como imagino el voluble desvarío:
algo tardío, pero fiel.
Yo te escribí en las nubes.
- Y yo te canté en los mares...
Disfrutemos entonces de miradas calladas,
sintamos los besos con los ojos cerrados.
Compartamos nuestras finitas vidas terrenales.
-Yo quiero escribirte en las nubes.
-Y yo quiero cantarte en los mares.
-Comencé buscando tinta para el aire;
usé mis acuarelas en el celeste lienzo,
pero el llanto de las nubes al mar llevó mi esfuerzo...
-Yo recogí cada lágrima pintada
por tu bello arte; convertilas en poesía,
en música danzante.
Envié en las olas mi sonora carta...
Acabose evaporando,
llegando al cielo, capturando tu aire.
- Tu canto a suspiros atrapé como haces;
juntándolo con pinceles podía pintar más arte.
Comencé escribiendo versos;
acabé pintando tus mares.
Sucedió que yendo lejos
los impetuosos vientos
quebrantaron las ilusas nubes;
tan lejos de mí, nada pude yo haber hecho.
- Yo lo supe, los mares me dijeron;
atendiendo a su murmullo
el arroyo me contó el secreto.
¡No suspires, niña mía,
si no ha de ser por alguna de mis sinfonías!
Te quiero de cerca;
te quiero de lejos...
¡Te quiero a gotas,
a océanos enteros!
Ve al riachuelo, búscame en la orilla,
que un mensaje he dejado,
a ver si lo adivinas...
- Yo corrí hacia donde el aire me llevaba,
no podía exhalar mi propio aliento...
cuando una de mis nubes se bajó del cielo,
pero acercándome, ya no pude verlo.
Inmediatamente escalé en el viento.
Maquillando una gorda nube
la elegí mi mensajera
para hacerte llegar la nueva
de que la niebla me impedía la duda entera.
- Es momento de grabar con alto estilo
la marea tan impertinente,
que si ella no te envía mi corazón y mente,
estaremos en más grande lío.
- Hazlo ahora, que la brisa duerme.
- Pues ahora veo de qué trata
cantar con agua un amor tan niño;
no es cosa de fortuna, ni de plata,
se trata de ser paciente.
Ahora el agua duerme,
ahora se vuelca sobre la gente;
mal hice en hacerla mi confidente.
- ¡Y qué decir del viento
que acarrea nubes!
Ora se acelera, ora se apacigua;
no es confiable el que jamás previene.
Queriendo amarrar las nubes en un puño,
construyendo con ellas un beso puro
no lo pude confiar al aire;
tampoco quise retenerlo para siempre.
- Envíalo en breve,
que yo necesito probar tu río;
anda, que yo soy paciente
mas mi corazón pende de un hilo.
- Yo deseo, niño mío,
saberte dueño inteligente
de aquella nube de suspiro,
de aquel beso impaciente.
Si ni por agua ni por viento
ocurre encuentro tan casual,
vayamos luego al desierto
aunque no encuentres ahí tu mar.
- Eso es imposible, niña celeste:
acudir con presteza a aquel lugar,
si ello conlleva mi muerte...
¡no me exijas tal crueldad!
Mas un beso subterráneo
podría sernos más agradable:
si tú abandonas tu aire
yo te invito vengas a los mares.
- Es casi inapropiado invitarme a tal lugar...
Si es arriba donde existo,
por debajo no me puedo ocultar.
- ¿Oh, tan amargo es el amor?
Por un momento te entretiene
tejiendo notas en el mar,
mas después la pena viene
cuando dejas de oír el compás.
- ¡Si el viento arrastrara el desenfado
que mi alma siente a su pesar
dichosa podría haber al fin acabado
esta historia sin final!
¡Yo quiero escribirte en las nubes!
- Y yo desearía cantarte en los mares...
- Si sufrimos tan osado castigo
por dar mayor esperanza a este amor,
hagamos de su triunfo un vacío,
y llamemos al vacío Amor.
- ¡Confundamos ahora los vientos;
juguemos ásperamente con los oleajes!
Si acaso alguien quiere reprendernos,
burlémonos sin voz: quedémonos en silencio.
Marquemos un nuevo comienzo,
cercándonos en un valle;
limitemos el amor a un cuerpo
aunque el alma flote por el aire...
aunque el corazón se ahogue en canciones...
y escurra la dulzura del río
que desemboque en los brazos del arte.
- Comencé por gritar mi amor a los vientos;
acabé por callarlo por dentro.
- Comencé encarrerando ternura en un riachuelo;
acabé por detenerlo con el mismo fuego.
Si fuésemos más terrenales...
sin duda nuestra ruina no sería tan grande.
- Nuestros pasos veloces
correrían hacia el otro,
y en un abrazo, o una mirada
derramarían los astros y todas las naves
testigos del amor que se fue cultivando de a poco...
Cada día, ya fuera bajo el cielo o sobre él,
bajo el agua o flotando en las olas,
cada noche con un soplo de aire
o con murmullo marino
se compondría un dibujo cantante.
- Entonces el beso sería el final del inicio;
después comenzaría el real beneficio...
La confusión se vestiría de luto;
del vacío nacería la razón:
la razón de quererte, de buscarte,
la razón de encontrarte.
- Es así como imagino el voluble desvarío:
algo tardío, pero fiel.
Yo te escribí en las nubes.
- Y yo te canté en los mares...
Disfrutemos entonces de miradas calladas,
sintamos los besos con los ojos cerrados.
Compartamos nuestras finitas vidas terrenales.
lunes, 26 de agosto de 2013
Me siento un filete
Me siento un filete
Tendido sobre mi cama
Navajeado, blandeado.
No tengo sabor:
no sé a nada;
Estoy aquí
Como inerte
A punto de ser comido.
Estoy aquí
Y en realidad no estoy,
Porque mi mente vive
Y mi mente viaja
Y en mi mente vivo
Y en mi mente estoy,
Pero no aquí:
Aquí no estoy.
Casual, que una se siente un filete y lo publica en su blog. Bye. :*
Tendido sobre mi cama
Navajeado, blandeado.
No tengo sabor:
no sé a nada;
Estoy aquí
Como inerte
A punto de ser comido.
Estoy aquí
Y en realidad no estoy,
Porque mi mente vive
Y mi mente viaja
Y en mi mente vivo
Y en mi mente estoy,
Pero no aquí:
Aquí no estoy.
Casual, que una se siente un filete y lo publica en su blog. Bye. :*
lunes, 29 de julio de 2013
Grink
Lo escribí hace tiempo... Soy pésima para elegir nombres. Jaja. El presente es algo así como un retrato de un ser extraordinario, que, aunque no lo crean, llegué a conocer en la vida real (¡qué loco, ¿no?!): o sea, inventé una criatura emocionante, la describí, y luego me la encontré. Eran idénticos (a excepción del color de ojos). El personaje de la vida real causó el mismo efecto en mí: el mismo que causó Grink. Aquí les va:
Se llamaba Grink. Con solo mirar a una persona absorta en sus pensamientos podía discernir cada palabra, cada expresión y sentimiento que le atravesaba por la mente. Uno se sentía desenvainado frente a él; más que sus ojos, era su espíritu esclarecedor el que arrancaba las máscaras que el ser humano se ha sabido inventar para mantenerse íntimo, secreto y desapercibido. Pero con él no: las máscaras eran transparentes... podía mirarte y no verte, pero te sabía.
Parece que a propósito de su talento (o perjuicio para quien lo veía así) le fueron colocados dos ojos azules, tremendamente azules, como el color del mar a la penumbra de su profundidad, que todo lo esbozaban en la superficie de su infinidad.
La cuestión es que nunca fue alguien, aunque tampoco puede decirse que no fue nadie: estaba allí, y a la vez se difuminaba con la propia naturaleza etérea del aire, con la atmósfera, con el grito de la luz del día. Su perfume era regalo de la sutileza del entorno, pero siempre agradable; su estampa, la más fina y pulcra... Algunos lo tildaban de ángel; otros, como emisario de la mismísima pureza ideal; aunque para otros, no era más que algún tipo de rareza ascética y austera... Como fuera, él era. El sabía. Llegaba adonde nadie le pedía, pero alguno le deseaba; otro le aborrecía.
Un día en la vida de Grink incluía un viaje en el transporte turístico de la ciudad. Parecía fantasma que retozaba en la ridícula paz del ambiente urbano; era gracioso ver cómo las hebras de su cabello tomaban la forma del viento, descubriendo a veces su frente, dejando entrever las pecas más vivas sobre su piel de color casi muerto. Lo que era común para el adulto promedio para él era extraordinario, mas lo que era extraordinario para el más maduro de los hombres de su edad, él lo consideraba nimio.
La belleza de su carácter contemplativo conquistaba con reservas al anciano invidente de la calle Norton. A Grink, no podría decirse que le encantaba visitarlo, pero había un destello descomunal en sus ojos cristalinos cuando se hallaba cerca suyo. ¿Qué hacían?, ¿de qué hablaban? ¿Hablaban? ¿Cómo? Son el tipo de preguntas que la gente ociosa contestaba con mezquina benevolencia, pues no se trataba de un ilustre de la ciudad, ni de alguien de quien pudiera obtenerse favor alguno... ¿qué más daba hablar mal del austero Grink?
Lo ajeno no le interesaba en lo más mínimo al genio: ni la casa de su prójimo, ni sus banquetes, ni su mujer, ni sus bienes; nada en absoluto aprehendía la voluntad de aquel que contemplaba lo invisible. Enamorado estaba del silencio, eso sí: podría jurarse que nació en él, y que ese fue siempre su hogar. Y no hacía falta la interrupción, en realidad nunca fue necesaria la intervención de su voz: sin palabras él se defendía de los rumores, sin jeribeques se daba a entender a los dichosos (o desventurados) que iban siendo escudriñados.
Yo ansiaba tener un encuentro con él. Quería que me descifrara, que me descubriera, pero cuanto más lo deseaba, más lo buscaba... y más se alejaba de mí mi anhelo.
Después de meses de buscar propiciar el encuentro sin obtener nada, decidí simplemente ignorar mi deseo, con la profunda esperanza de que haciendo así, ignorándolo, se acercara. Me duraba una semana o dos el olvido, y volvía de nuevo a la ansiedad. Lo buscaba en todas partes, en cada lugar donde se sabía que él andaba, donde yo lo había visto, donde la gente me decía que él estaba, y solo no lo encontraba. No lo encontré.
Recuerdo una vez haber subido al transporte turístico de la ciudad, según mis excusas, "para salir de mi rutina y contemplar mi ciudad en lugar de sufrirla"; la realidad era que había subido para buscarlo por toda la ciudad desde un buen lugar para observar y lograr identificarlo. Allí escuché a una señora hablar de su encuentro con él. Fue extraordinario; ella se quejaba: "... me sentí expuesta. Ni Grink ni un ángel ni un monje ni nadie tiene derecho de juzgar así a la gente." Se sintió juzgada. Salió culpable... culpable del escrutinio de Grink. ¿Por qué?
Escuchando eso comencé a preguntarme cuál sería el veredicto suyo al haberme discernido completamente, cuando ocurriera... si es que ocurría. ¿Sería culpable?, ¿inocente? ¿O irrelevante? Quizá la tercera opción: irrelevante, eso es lo que soy; por eso Grink no me escudriña: porque no tengo relevancia... Y a pesar de todo, a pesar de mí, a pesar de él, sigo esperando nuestro encuentro.
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